El asturiano vistió una camiseta blanca brillante y de tintes madridistas en su reconocimiento de la pista. Y los técnicos que le acompañaron, hasta siete, se paraban cada vez que el bicampeón hacía una sugerencia
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Fernando Alonso, serio y concentrado, adelantó su llegada a la pista de Albert Park para empezar ya el trabajo de la primera carrera. Vestido de un blanco metalizado que recuerda al de algunas épocas del Real Madrid, apareció ayer a las doce y cuarto de la mañana dispuesto a reunirse con sus ingenieros y reconocer la pista. Muchos periodistas ni siquiera habían llegado y tampoco algunos de sus rivales. A Massa y Raikkonen, por ejemplo, no se les vio por allí. Sí que lo hicieron Kubica, Fisichella y Kovalainen. Webber, Heidfeld, Albers y Barrichello acudieron al partido de tenis benéfico organizado por el australiano.
El sol lució hasta los 26 grados y Melbourne recibió la visita de la F-1 con una sonrisa y un paddock más amplio. Los equipos tienen nuevas carpas portátiles para recibir a sus invitados. El Mundial 2007 ya está aquí y con ruedas marcadas con un redondel. El enigma de los compuestos blandos de Bridgestone también se resolvió. Todo está listo para el arranque con más incógnitas de los últimos años.
El bicampeón recibió el abrazo sentido de sus antiguas camareras de Renault y también de uno de sus ex responsables de prensa. Después, acelerado, entró en su nueva casa. Con los nervios del niño que traspasa por primera vez el umbral del colegio se metió en su box y comenzó el trabajo. La vuelta de reconocimiento al trazado, prevista para las doce y cuarenta se retrasó por la comida del equipo y Fernando decidió irse a comer a un restaurante argentino junto con su mánager. En una costumbre adquirida durante el invierno evita, siempre que puede, comer en McLaren. En muchos circuitos no podrá escaparse del aspecto que menos le gusta de su nuevo equipo.
A las tres y media y ya con una importante solana, regresó para analizar a pie el trazado. Le acompañaron sus siete magníficos y el enviado especial de AS. Y sólo hablaba directamente con los dos responsables de su coche, aparte del ingeniero de pista Mark Slade, el jefe del motor de su monoplaza. El ejército era similar al de Renault, pero la diferencia estuvo en la velocidad de la vuelta, mucho más lenta (55 minutos para 5,3 km) y la atención casi exagerada a todo lo que hacía o decía el piloto. Alonso aprovechó la larga recta para preguntar a sus técnicos por el override (sobrerrégimen) del que dispondrá para adelantar en carrera. Luego, en cada curva, si cambiaba de dirección para mirar un arcén todos le seguían como un solo hombre embrujado por los cantos de una sirena.
En los últimos tiempos del equipo galo sólo Rod Nelson, Pat Symonds y Remy Taffin mantenían algo la atención a sus sugerencias. Cada vez más escasas, por cierto. Esta vez lo revisaba casi todo. Hasta la gravilla roja de una de las chicanes, para ver si podía quedarse enterrado en caso de un exceso de cálculo, la composición de las protecciones de la línea de boxes (codirección de los pilotos obliga) y la nueva hierba artificial junto al muro. La pista la encontró muy sucia de polvo y hoy estará en la rueda de prensa de la FIA. Cada paso suyo recibe el flash de un fotógrafo. Apenas puede moverse sin una cámara a su espalda. Lo mismo que le sucedía a Schumacher. Pase lo que pase el domingo, es el indiscutible líder de la F-1.
Fuente: Carlos Miquel/as.com
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